
CORTESÍA ANA RAMIREZ CERMEÑO
Soy una joven guatemalteca, hija de padres emigrantes, y actualmente estoy en mi tercer año en la Universidad de California, Santa Bárbara. A veces camino por el campus mirando el océano y todavía me cuesta creer que estoy aquí. No porque no lo merezca, sino porque el camino para llegar no ha sido sencillo y muchas veces lo recorrí con miedo.
Aprender un nuevo idioma ha sido uno de los retos más grandes y difíciles de mi vida. Recuerdo entrar a los salones de clase con el corazón acelerado y el cuerpo temblando, pensando cada palabra antes de decirla, preguntándome si mi acento me iba a delatar, si alguien se iba a burlar de mí o si iba a ser vista como “menos” por no hablar inglés perfectamente. Hubo momentos en los que preferí guardar silencio y no hablar con nadie por miedo a que se burlaran de mí o a que no entendieran mi inglés.
Como hija de padres emigrantes, cargo con una presión que no siempre se nota: la presión de no fallar, de aprovechar cada oportunidad y de honrar los sacrificios de mis padres, quienes dejaron su país con la esperanza de que yo pudiera tener un futuro diferente al de ellos. Mientras otros estudiantes se enfocan solo en exámenes o planes de fin de semana, yo muchas veces pienso en mi familia, en todo lo que costó llegar hasta aquí y en lo mucho que quiero salir adelante para demostrarles que sus sacrificios valieron la pena.
Al llegar a UCSB, pensé que sería un lugar donde me sentiría sola o fuera de lugar. En parte sí me sentí sola, porque nunca había estado separada de mis padres por tanto tiempo, pero lo que me dio fuerzas fue tener claras mis metas y mis sueños. Poco a poco, esa idea de no pertenecer se fue rompiendo. Encontré una comunidad hermosa, solidaria y humana: personas que me escucharon con paciencia, que me ayudaron cuando dudé de mí misma y que me demostraron que no tenía que esconder quién soy para sentirme parte de este lugar.
Hoy entiendo que mi historia no es una desventaja. Ser guatemalteca, ser hija de emigrantes, pensar en dos idiomas y vivir entre dos culturas me ha hecho más fuerte, más consciente y más resiliente. No ha sido fácil, pero he luchado y seguiré luchando por ser mejor cada día. Me siento feliz y orgullosa de la persona en la que me he convertido gracias al apoyo de las personas que me aman.
Esta es solo una de muchas historias de estudiantes migrantes que caminan por esta universidad todos los días haciéndose la misma pregunta: si este es un lugar para ellos. A esos estudiantes quiero decirles que sí, que este es un lugar donde podrán crecer, vivir nuevas experiencias, luchar por las metas y los sueños que desean cumplir. Son historias que merecen ser contadas, escuchadas y respetadas. Aunque todavía sigo aprendiendo y adaptándome a las oportunidades de este país, hoy puedo decir con orgullo que pertenezco aquí y que estoy logrando mis objetivos.
No dejemos que el miedo al fracaso nos quite la oportunidad de cumplir nuestros sueños. A quienes se sienten con miedo o inseguridad, les quiero decir que nunca es tarde para empezar a luchar por lo que aman. Al principio será difícil, pero nunca imposible. Alcemos nuestra voz y demostremos que somos capaces de alcanzar nuestras metas y construir el futuro que deseamos.