Ser inmigrante no es un crimen. Lo repito con mucha fuerza porque, a veces, siento que el mundo intenta vernos como criminales, pero no lo somos. Somos personas que cada día luchamos por nuestro futuro, nuestros sueños y nuestras metas. La gente nos ve como un número, un estatus o una amenaza, pero hoy puedo decir que yo no soy ninguna de esas palabras que usan para definirnos. Soy una persona. Tengo historia, tengo familia, tengo sueños, alegrías, miedos y esperanza. Y todo eso viaja conmigo en cada paso que doy lejos de mi país natal.

Duele cuando alguien me mira con desconfianza solo por mi acento. Duele cuando escucho comentarios que me hacen sentir como si fuera peligrosa, como si buscar una vida mejor me convirtiera en algo ilegal. Pero lo que más duele es que muchos no se detienen a pensar que detrás de cada inmigrante hay un corazón que siente igual que cualquier persona que no ha tenido que migrar.

Y no dejamos nuestro país por gusto. Dejé lo que conocía porque quería vivir sin miedo, porque quería darle oportunidades a mi familia, porque quería existir con dignidad. No es algo sencillo. Migrar no es un acto de rebeldía; es un acto de valentía. Un acto de fe. Un acto de buscar nuevas oportunidades.

A veces, cuando pienso en todo lo que dejé atrás, me pregunto cómo tuve la fuerza para empezar de cero. Pero luego recuerdo que cada sacrificio tiene un propósito, y que los inmigrantes llevamos una fuerza especial que nace del dolor, la esperanza y las ganas de levantarnos una y otra vez. No vinimos a quitar nada; vinimos a construir; a aprender, a aportar, a crecer. Somos parte del mundo, y el mundo también es parte de nosotros.

Por eso digo con fuerza que debemos defender nuestros derechos. Porque si no lo hacemos nosotros, nadie lo hará. No podemos permitir que nadie nos haga sentir culpables por querer vivir. No podemos dejar que nos silencien, que nos avergüencen, que nos hagan creer que valemos menos.

Soy inmigrante. Tengo derecho a estar aquí, a trabajar, a estudiar, a contribuir, a soñar.
Tengo derecho a ser tratada como un ser humano.

‘No quiero que me vean como una “inmigrante” primero y como persona después’. Quiero que vean lo que realmente soy: alguien que lucha, que siente, que ama y que intenta salir adelante, como cualquier otra persona en el mundo.

Ser inmigrante no es un crimen. Es una historia. Es un camino. Es una vida. Y merecemos vivirla con dignidad, sin miedo y sin que nadie nos etiquete como algo que no somos.

Emigrar de un país en el que has crecido, el país donde estás la mayor parte de tu vida no es fácil dejarlo atrás, por eso yo quiero decirle a cada uno de ustedes que están leyendo esto que no dejen que nadie ni nada los vea menos por ser “ inmigrantes”. Todas las personas tenemos los mismo derechos y las misma oportunidades, solo debemos de luchar y esforzarnos para demostrar de qué estamos hechos para alcanzar nuestras metas.

 

CORTESÍA DE PIXNIO

Print