
CORTESÍA DE HEUTE.AT
Adentrándonos ya a más de un mes de su reinado, la nativa tabasqueña Fátima Bosch, así como sus antecesoras, revela el gran poder del mercado de la belleza femenil a nivel mundial.
Entre lujos a mil, sonrisas deslumbrantes y grandes intelectos, es fácil distraerse del verdadero negocio que los certámenes de belleza convocan. Lo que comenzó como una simple tendencia a organizar competencias estéticas se ha convertido en un fenómeno internacional, llamando la atención de múltiples inversores y beneficiarios que vienen en busca de la corona.
La organización de Miss Universo (MUO) ha llegado a más de un billón de espectadores en 190 países a través de su certamen televisado. Enfrentándose a críticas por la superficialidad del concurso, Miss Universo ha logrado prosperar gracias a la transformación del programa en una organización filantrópica que busca el bien humanitario y su reparto monetario lo refleja. Más allá del premio inicial de 250,000 USD, MUO destaca por otorgar un sueldo mensual de 50,000 USD a la reina para poder así fungir la labor social que se le asigna (asimismo cubriendo cualquier costo externo de alto perfil en transporte, logística, bienestar, asesoría de imagen, etc.)
En el caso de Bosch, ella espera usar este año y sus recursos para impulsar la visibilidad de su propia batalla contra el déficit de atención y la dislexia, a fin de promover causas sociales. Todos estos esfuerzos y gastos cierran con un gran broche de oro (de forma literal) que es la corona del reinado universal, valorada en más de cinco millones de dólares estadounidenses.
¿Pero de dónde provienen estos ingresos? De acuerdo con documentos oficiales del Servicio de Impuestos Internos (IRS), los patrocinadores de estos certámenes son los fanáticos en sí, negocios y corporaciones, grupos cívicos, fundaciones y universidades. Su apoyo por parte de organizaciones de renombre, tanto académicas como humanitarias, se debe mayormente a otro aspecto de la nueva recepción de los certámenes, ahora siendo reconocidos como promotores de un arte interdisciplinario. Asimismo, se reconoce el valor intrínseco de su modelo de negocios, como expresaron académicos en una convención con la Miss Universo Rosaline Luo, que sirve para impulsar el profesionalismo de cada ganadora.
Aunque las recompensas son altas, también lo es el costo de participar. Entre consejeros, maquillistas, diseñadores y vestimenta que bien puede sobrepasar los 4 mil dólares por prenda—como el vestido típico de Bosch estimado entre los 150 mil pesos mexicanos—la batalla por la victoria resulta ser más costosa de lo esperado.
Sin embargo, muchas veces no es el tesoro monetario que buscan estas candidatas sino el mismo prestigio de la organización y el debut de estas para forjar conexiones y cumplir metas profesionales. En realidad, la competencia procede a ser más una inversión a largo plazo que un deseo de la adquisición de bienes materiales. Un buen ejemplo de esta ley en práctica puede ser observado en el emprendimiento de Fátima: una marca de ropa sustentable que busca poner adelante su activismo y estilo que se volvió objeto público a través de MUO y que, con buena gestión, puede verse comercializada a un mayor nivel.
A pesar de la incesable disputa de si los certámenes de belleza son todo lo que aseguran ser y proclaman, su método para acaparar la atención de millones, generar aprovechamiento económico e impulsar la carrera de mujeres participantes tiene suficiente respaldo como modelo empresarial. Aunque todavía se comparten críticas en cuanto a la dispensación de dinero y la subjetividad del atractivo humano, no cabe duda de que los ejemplos hegemónicos de mujeres determinadas, confiadas y sumamente elegantes, así como nuestra misma ganadora, posan un buen ejemplo a seguir para aquellas más jóvenes. Sirven como emblema anual que proyecta que el sexo femenino puede alcanzar los límites y más y, como siempre, con mucho glamour de sobra.